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Aquí tienes, querido lector, para tu aseo intelectual
Babel, septiembre de 1989

¿Qué es El jabón?

Es el título de un libro de Francis Ponge que Gallimard publicó en 1967.

¿De qué jabón se trata?

Para empezar del que en plena guerra, es decir, en pleno ejercicio de restricciones de todo tipo, escasea. Para continuar, del que el hombre fabricó para el uso de su cuerpo y que sin embargo no le resulta muy fácil sostener.

¿Cuál es el plan de la obra? ¿Cómo se desarrolla?

Comienza de un modo muy alegre, con una explosión, como en Guignol's Band. En realidad, a la cuarta página, uno se hace una idea muy equivocada de lo que le espera. Hasta que los comentarios terminan y uno se mete de lleno en el tema: el jabón, ¡solamente el jabón! Luego la cosa comienza a hacer espuma y la rabia babea, voluminosa y nacarada... Se lo llama "piedra mágica" pero (¡si!, una-especie-de-piedra-pero) que no se deja sobar unilateralmente por las fuerzas de la naturaleza. Se habla de "las uvas perfumadas del jabón", de lo que engulle aunque repose, inerte y amorfo, en la jabonera más tarada de la casa, y en el abuso que hace del agua en sus menores detalles. Las circunstancias de la época (estamos en Roanne, —una ciudad a orillas del Loira: industrias textiles—, en abril de 1942) nos reencuentra, en el capítulo siguiente, en un pueblecito al norte de Lyon, en Coligny. De pronto nos enteramos de que lo que hasta entonces tuvimos entre manos fue enviado por correo a sus mejores amigos, Jean Paulhan y Albert Camus. De Paulhan no tenemos respuesta, pero sí de Camus, a quien "las intenciones" de Ponge se le escapan (exactamente como un jabón rociado con la dosis conveniente de agua) y para quien "hay quizá un exceso de elipsis". Le recomienda, sin cambiar el texto, "suavizar las bisagras, aceitar las conjunciones". El silencio de Paulhan y las reservas de Camus hacen que el autor reflexione mucho y todo acaba en una mise en scène, en un sainete que, se nos explica, es mucho menos que una pieza pequeña: un pequeño trozo de grasa, trozo delicado, a la vez delicado y nutritivo e, incluso, tonificante (su origen viene de sain, grasa, que juega con la expresión saindoux, manteca de cerdo, y, por extensión, en español, sainete). Finalizado el sainete comienzan los remordimientos (y ya estamos en julio de 1944). Sin embargo, hay que acabar por poner término (y freno) a los impulsos. Un párrafo de agua simple basta. Y entonces notamos que el ejercicio del jabón nos deja más limpios, más puros y más perfumados. En cuanto a él, vuelve a su óvalo austero, a la vez austero y agradable. Se retrae y espera a ser movilizado de nuevo. Retorna a su actitud modesta, su aire taciturno; a su paciencia, a su serenidad. Lo que quiere decir que pasamos sobre los cuatro o cinco semestres que siguen: el invierno de 1944, todo el año 1945 y el primer semestre de 1946, durante los que Ponge tuvo otras cosas que hacer y no se ocupó más del jabón. Pero durante el verano de 1946, en el que volvió a pasar sus vacaciones en Coligny, tuvo el placer de trabajar de nuevo. Se notará que entonces las circunstancias han cambiado (también para él, personalmente) Ponge se encontraba entonces, aunque todavía sinceramente comunista, en trance de abandonar el Partido de ese nombre, cuyas directrices, en las materias de su competencia (la de Ponge), no lo convencían en absoluto. Todo esto es sensible en los fragmentos que siguen. Llegamos al 15 de agosto de 1946 y al texto al que arriba el 30 de agosto: allí se nos habla del jabón, seco, antes de su empleo, de su confusión espontánea en las aguas tranquilas y del agua jabonosa y de sus pompas. Pero es preciso acabar: "Con la piel marchita, aunque muy limpia, hemos obtenido del jabón lo que queríamos. Y quizá un poco más."

¿Es todo?

Por supuesto que no. De pronto aparecemos en el mes de diciembre de 1964. Cinco apéndices, variantes. París, 3 de enero de 1965: "He aquí, pues, este libro rizado; nuestro peón lanzado; nuestro JABON en órbita." Fin del libro.

¿Puede citar un pasaje moral del libro?

Por ejemplo, uno sobre el misterio de la Supervivencia: "Observémosle en el medio acuático. Muestra enseguida una especie de agitación púdica. Circula, huye, hace mil payasadas, se cubre de velos y finalmente prefiere disolverse, entregar alma y cuerpo antes que dejarse sobar, rodar unilateralmente por las aguas. ¿Diremos que allí lleva una existencia disoluta? Sin duda... Pero también puede comprenderse como una especie de dignidad particular. Por otra parte, las aguas quedan muy impresionadas, turbadas y seriamente castigadas. No se desembarazarán tan fácilmente de las huellas de su crimen. Y sólo lo conseguirán gracias a un considerable aflujo de refuerzos, apelando a la cantidad. El, muy disminuido y adelgazado, pero sin haber perdido nada de su calidad. Ella, un enorme volumen turbado, desfigurada. ¿Quién es el vencedor?"

¿Y una reflexión?

El autor está lleno de ellas: "Para el jabón las principales virtudes son el entusiasmo y la volubilidad. Esto, que es muy simple, nunca ha sido dicho. Ni siquiera por los especialistas de la publicidad comercial. ¿Cuánto nos ofrecen Lux y Camay? ¡Ni cinco!"

Uno siente la tentación de creer que se ha propuesto, llevado por un afecto singular al jabón, describir con los medios corrientes, es decir, con las palabras...

Uno se desorienta muy pronto. No hay que ser ingenuo. El lenguaje de Ponge está trucado, encantado. A medida que nos descubre un aspecto nuevo del jabón las palabras se nos escapan, dejan de ser los instrumentos dóciles y livianos de la vida cotidiana. De modo que la lectura parece con frecuencia una oscilación inquieta entre el objeto y la palabra, como si, para terminar, no se supiese ya si lo que se mira, aquello que se intenta describir, es el objeto, el jabón, o la palabra.

¿Cuál es su preocupación fundamental?

Ante todo habla, escribe. No es filósofo, no habita esos tugurios, y para él se trata de expresar la cosa a cualquier precio. Se llama a sí mismo "mártir" del lenguaje.

¿Hay que creer entonces que habla por hablar, que el jabón es un tema indiferente?

No me animaría a decir que no llega a él por casualidad, pero aquel fue elegido: habitó en él durante largos años.

¿Cómo es eso?

Se cuenta que Flaubert le dijo a Maupassant: "Ponte ante un árbol y descríbelo". El consejo, si fue dado, es estúpido. El observador puede tomar medidas y nada más. La cosa le negará siempre su sentido y su ser. Ponge contempla el jabón, lo contempla atenta y largamente. Pero ya sabe lo que busca en él.

¿Cuáles son sus intenciones?

Lo que él quiere es poner de manifiesto los complejos. En vez del trivial complejo de Edipo o de inferioridad, Ponge se decide por el complejo-piedra, el complejo-uva o el complejo-pez. Hay otra pieza de Ponge en donde define así a una bailarina: "Ineptitud para el vuelo, patas escasamente emplumadas: todo lo que entorpece a un avestruz hace vanagloriarse a la bailarina." Ponge "naturaliza" el habla, hace de ella una secreción del hombre, una baba comparable con la del caracol. Pero Ponge considera al habla como una verdadera concha que nos envuelve y protege nuestra desnudez; una interfaz que facilita la comunicación precisamente porque nos aísla de forma efectiva del funcionamiento interno de ella. ¿Lo ve? Una concha que hemos constituido lentamente con la secreción de nuestros cuerpos tan blandos. Las palabras son pequeñas formas en el lujurioso caos del mundo. Ponen al mundo en foco, acotan ideas, enfilan pensamientos, pintan las acuarelas de la percepción. Para Ponge, su encanto reside en que, aún siendo algo hecho por el hombre, en algunas raras ocasiones puede capturar emociones y sensaciones que no existen. Se pueden tomar dos sustancias, reunirlas, y producir algo poderosamente diferente (sal de mesa, por ejemplo) y a veces hasta explosivo (nitroglicerina). Ponge piensa en las metáforas como el caso más benigno pero igualmente poderoso de lo que los químicos llaman "hypergolic". Y él ve las palabras a su alrededor, alrededor de nosotros. Pero no confunda a Ponge con el objetivismo o el nouveau roman, ¡por favor!. Ponge es humanista. Porque hablar es humano, él habla para servir al hombre hablando. Pero no confía en él totalmente; mejor aún, desconfía del lenguaje de una manera absoluta. Sólo que no ve alternativas. Hay otra pieza en donde dice: "...prefiero cualquier teoría al silencio; y más aún un escrito, cuando pasa por insignificante, a una página en blanco."

¿Sobre qué cosas ha escrito?

Sobre todo. O casi todo. Ha hablado de la ventana, de la magnolia, del aparato telefónico, de la sartén, del muérdago y la banana, de la antracita y la papa, del radiador parabólico, del agua de las lágrimas, del vino, la radio, la tierra, las lilas y la lluvia. Ha hablado de la vela, el cigarrillo, la naranja; de "los árboles que se deshacen en el interior de una esfera de niebla", del musgo y el molusco; de la paloma, la rana, el lagarto y el camarón; la araña y el caballo, la cabra y la mariposa... los ritos nupciales de los perros... todo conviene perfectamente a sus propósitos, puesto que todo constituye el mismo tipo de tema irrisorio, pero que hace espuma interminablemente. Es el símbolo y prueba de su genio. Hubiera podido decir algo también acerca de la ballena (por ejemplo) si Mr. Melville, con muchas palabras sin duda, pero un poco a la ligera, no hubiera despachado el tema.

¿Cuál es el estilo de Ponge?

El de un vicioso del trayecto; el de esos viajeros cuya excitación declina cuando llegan a destino y sienten que nada es tan emocionante como la partida.

¿Qué más?

Minucioso a la hora de colocar las palabras, pero veloz. Equilibrista de la interjección, repetidor fastidioso. Los lectores dicen "¡Se repite!" "¡Pero si esto ya lo leí hace apenas unos minutos!" Él es el intérprete de los latidos del corazón. Sus frases gozan de perfecta salud y, al final, gritan con fuerza, brillan. Todo es orden, belleza, lujo, calma, voluptuosidad; en fin, la burguesía. Y se cuida de mostrar nada que no sea capaz de poner en orden, de volver afable y confortable, de pulir, lucir y abrir a los rayos de la sonrisa y la voluptuosidad. ¿Oyó alguna vez hablar de la adecuación del fondo y la forma?

Amándose como en la Argentina se ama la literatura francesa, ¿por qué no se lo trata mejor? ¿por qué tan poca gloria?

Porque no fue surrealista.